LA PINTURA, DESDE LA EMOCIÓN


La cita con la que el pintor prologaba su individual en Alsasua en 1982, sigue siendo válida en la actualidad. Porque un repaso puntual del ya largo recorrido del artista, revela el firme compromiso que mantiene con la pintura, su permanencia en ella y su constante desarrollo. No en vano, cuantos han comentado su obra coinciden en destacar esa coherencia y rigor que definen su trabajo como intemporal, sereno, silencioso y lleno de intensidad. Rasgos que, además, le convierten en uno de los representantes más personales de la figuración actual y le distancian de otras propuestas similares contemporáneas.

Autor de una obra intimista, su pintura se define por el análisis del espacio, la estructura de las formas, los amplios horizontes y los cielos abiertos. Construye las composiciones mediante una sucesión de planos, atmósferas de color y gradaciones de luz, que se suceden poco a poco en la superficie del lienzo, matizando el paso del tiempo y sobre todo, disfrutando del proceso de creación del cuadro. De este modo consigue dar forma a la vida, a la naturaleza tantas veces contemplada y a la realidad observada bajo una atenta mirada. Cada obra suya encierra un diálogo emocional en el que los silencios y la quietud son tan necesarios como los leves toques de pincel, como el color y la luz.

Situado en la periferia, desde su Pamplona natal, aunque conocido en el ámbito nacional, el suyo es un proyecto de fe y concentración en la pintura de una forma íntima y vivencial pero a la vez, iluminadora del mundo, de sus seres y lugares. Hay en ello un proyecto en el que estrechamente confluyen la vida y la obra del artista que alternativamente se cruzan, para lograr la relación adecuada en cada momento, y que se expanden mediante tres vías abiertas al paisaje natural, al ámbito urbano y a la figura o el retrato. En torno a estas familias, con sus correspondientes derivaciones temáticas, se organizaba la exposición más completa del artista celebrada en el año 2000, ocupando primero el Museo Gustavo de Maeztu de Estella y luego las salas del Pabellón de Mixtos de la Ciudadela de Pamplona.

Para dicha muestra Ignacio Aranaz escribió: He aquí un pintor, que nació en la calle de La Tejería, una de esas calles empedradas, antiguas, que parten de La Estafeta para deslizarse en suave pendiente hacia los confines de la ciudad vieja. Salaberri dibujaba desde pequeño y durante doce años trabajó como delineante en estudios de arquitectos. De ahí el desarrollo de una ágil capacidad dibujística, siempre declarada por el pintor: El color es la emoción y el dibujo la razón. Casi siempre he pasado por el dibujo ocasionalmente, unas veces como bocetos de cuadros, otras para ilustrar un libro y sólo en muy escasas ocasiones he dibujado sin color y sin intenciones de ponerlo. Lo cierto es que tanto pasar a su lado he acabado encontrando alguno de sus numerosos atractivos y empiezo a disfrutar quedándome en él. De ahí también su afinidad y diálogo con la arquitectura y los arquitectos, correspondida hace pocos meses con el premio 4D instituido por la delegación navarra del Colegio Oficial de Arquitectos Vasconavarro.

No obstante, cuando la afición natural por el dibujo encontró su verdadero camino fue cuando Pedro Salaberri se incorporó a la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona. Allí encontré profesores y amigos que entendían que la asignatura era la vida. Desde entonces la pintura camina conmigo, comentaba en 1976. En la escuela supo encauzar las ideas e inclinaciones plásticas que rondaban por su cabeza y que por entonces, fluían paralelas a los planteamientos que tenían los componentes de una excelente generación de artistas formada por Mariano Royo, Juan José Aquerreta, Luis Garrido, Peio Azketa, Joaquín Resano, Pedro Osés y Xabier Morrás. Todos ellos fueron sus compañeros de viaje durante aquellos años iniciales de aprendizaje y juntos formaron, en 1968, el contexto de lo que José María Moreno Galván –en uno de sus artículos de la revista Triunfo publicado en 1970–, denominó Escuela de Pamplona. Para el crítico de arte madrileño el joven navarro transcribía con sencillez el paso sencillo de la vida por los hombres. Por entonces Salaberri se interesaba por trabajar con los cánones del pop art que muy pronto abandonaría para inclinarse hacia una vertiente realista, pero mucho más lírica y plena de interrogaciones silenciosas, y hacia el desarrollo de un sentir muy cercano de la naturaleza que era común entre los artistas mencionados. Aquellos también fueron años de reivindicaciones y cambios políticos que dieron pie, en 1972, a los Encuentros de Pamplona, en los que participó dentro de la exposición de Arte vasco actual.

Al año siguiente, en 1973, celebra su primera individual en Pamplona, en la Sala de Cultura de la Caja de Ahorros de Navarra, anunciada por un tríptico en el que Salaberri se autorretrata y afirma su devoción por la naturaleza y por encontrar en ella una atmósfera inexplicable en la que habita una figura que en medio del paisaje recuerda, vive y espera. Intenciones poéticas y confesionales que fueron percibidas por el pintor y crítico de arte, Pedro Manterola quien, precisamente a raíz de esta primera exposición, describió con exactitud los valores del joven pintor, señalando el cuidado con el que trabajaba cada superficie considerando el color y su resonancia en el contexto general del cuadro y destacando que ya entonces elaboraba una pintura unitaria de concepto y estilo. Una pintura respetuosa consigo misma. Virtuosa, desde el punto de vista artesano y desde el moral. Intimista. Misteriosa. Llena de profundas sugerencias humanas, concretándose en un mundo real e irreal al mismo tiempo. Un paisaje humanístico. A punto de cristalizar. Un mundo silencioso. Soñado. Será pues Pedro Manterola el primer intérprete de la obra de Pedro Salaberri y el maestro para el que sus primeros paisajes resultaban, como resultan aún hoy, extrañamente reales o irreales en la medida en que, aún representando parajes identificables (ésta es una constante en la pintura de Salaberri), parecían estar adornados de una indefinible calidad mágica, de un encanto poético y militante a favor de la soledad y el silencio. El acertado juicio crítico escrito en 1973 sorprende ahora por la actualidad de sus planteamientos transcurridas casi tres décadas.

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Durante muchos años tuvo el estudio en un segundo piso de la calle Zapatería, compartido largo tiempo con Mariano Royo (San Sebastián, 1949-Pamplona, 1985), su amigo personal y referencia imprescindible de los acontecimientos de aquel intenso periodo inicial. En dicho estudio por las mañanas impartió clases de pintura, reservando las tardes para el trabajo solitario en el taller. Ignacio Aranaz en un bello escrito de 1993 comentaba la situación del taller: Ahí donde la pequeña ciudad antigua se expresa en el dibujo del laberinto y en él puede uno encontrarse el orden, no el orden establecido precisamente, el orden impuesto y coercitivo, sino ese otro orden que se ha ido construyendo con delicadeza y con sosiego desde una facultad del alma, un orden que ha ido creciendo desde dentro, que ha sabido esquivar múltiples llamadas o tentaciones que hubiesen desviado la trayectoria del pintor. Y es que el orden es uno de los valores propios más sobresalientes de Salaberri, que por inclinación natural tiende a la armonía y el equilibrio. Como bien recordaba Aranaz a propósito del taller: Asombra y conforta llegar allí y encontrar las fotografías, los catálogos, las músicas, los pinceles, los libros, los lienzos y las tazas del té en un orden preciso. Con todo ello trabaja un hombre que ejerce su oficio de pintor con la concentración, el interés y la dedicación del que pone en su trabajo la vida.

Vivir y buscar la vida en los cuadros es una de las máximas de este pintor. Uno necesita hacer cosas, comenta Salaberri, y la pintura te permite mantenerte más vivo. El arte nos ayuda a comunicarnos con los demás, por eso para mí pintar es vivir y sentirme vivo. Pocas actitudes resultan tan reveladoras y sinceras al transmitir sus intenciones y sus búsquedas, al compartir experiencias, emociones y sentimientos. Actualmente su estudio mantiene las pautas del anterior y como aquél, ocupa una vivienda con entrada, en este caso por la calle Pozoblanco, y con vistas a la Plaza del Castillo; en él recibe con generosidad a sus visitas, a las que invita a disfrutar de la esencia y la serenidad estética de su pintura que pide ser mirada despacio, porque eso la rescata de la prisa y la puede librar de crear imágenes que sólo pretenden seducir.

En 1974 Salaberri celebra su primera individual en Madrid en la Sala Amadís y más tarde se presentará en la Galería Seiquer con la que mantuvo una larga relación de seis individuales consecutivas, hasta la última celebrada en 1995. En su conjunto las citas posibilitaron el conocimiento y la proyección del pintor navarro en la capital así como el respaldo de críticos y profesionales que siguen hoy su carrera con interés y destacan como fundamento básico de su obra la sencillez, ya pronosticada por Moreno Galván a principios de los 70. Durante las décadas siguientes y hasta nuestros días, la pintura de Salaberri se expone con asiduidad en diferentes salas de Navarra y de su ciudad natal, Pamplona, en Bilbao, Vitoria, San Sebastián, Santander y Zaragoza, entre otros lugares. En 1997 expone en la Sala Juan Bravo de Caja Navarra en Madrid y en 2004, tras exponer el año anterior en el Espacio Marzana de Bilbao, regresa a la capital ocupando el espacio de la Galería Muelle 27 con una pintura serenamente emocionante, según las palabras de Santos Amestoy, donde se trata de alcanzar cierta síntesis del pensamiento y la imaginación; de producir ciertas determinaciones del espacio y el tiempo y propiciar un reconocimiento en el espíritu.

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Tenía razón Juan Zapater cuando en 1986 apreciaba en la obra de Salaberri una necesidad permanente por la captación de paisajes. Los paisajes del campo, la naturaleza que siempre me atrae, confiesa el pintor. Tengo que irme a pasear por los montes, a recuperar el sonido del agua, los aromas y ese crecimiento orgánico que se manifiesta en la vegetación, en el bosque, el existir sin intenciones útiles o inútiles, el puro estar en el universo. En otra ocasión escribió: Recojo los colores del campo para pintar con ellos la casa en que os espero. Con el tiempo esa predisposición paisajística se ha consolidado en su trabajo, pero no de una manera acomodaticia, como puede ocurrir en quienes reiteran los temas hasta agotar sus posibilidades. Por el contrario esa actitud ha evolucionado mediante un método eficaz que se renueva en cada pintura aportando experiencias y visiones inauditas que nacen de una profunda reflexión, tan atenta a la construcción de las imágenes como al funcionamiento interno de la pintura.

Porque sus cuadros aparentemente sencillos, en el fondo responden a una gran síntesis de composiciones complejas, entre lo poético y lo racional, entre la intuición y el concepto. Como apreció José Marín-Medina. Si “dibujar” es pensar, estamos ante una pintura organizada racionalmente, regida desde el plano mental, constituida por un sistema de síntesis, en el cual se superponen sutilmente franjas y, sobre todo, perfiles y volúmenes silueteados. Se establece un diálogo entre lo ideativo y lo sensual, que recuerda a la pintura extremo-oriental, por su emoción y por su exquisitez.

Y si bien las razones de esa continua renovación son de índole diversa, quizás la más sobresaliente es la que encuentra en el paisaje la atmósfera espiritual más acorde con el compás de su alma. Así, una escena seleccionada del entorno se convierte para él en el soporte emocional, en el vehículo de expresión que canaliza las ideas y los sentimientos. Porque lo emotivo es otra de las claves de toda su propuesta visual y el apoyo privilegiado para una intensa obra poética, desarrollada en las citas y escritos que acostumbra a poner al principio de sus catálogos. Sirve de ejemplo el final de un texto revelador, escrito en 1997 y significativamente titulado autorretrato, donde en tercera persona describe sus planteamientos: Con los años ha ido creyendo que es más exacto no ir hacia ninguna parte en concreto pero sí hacia los sentimientos útiles que hacen fructificar la concordia y ayudan a compartir el placer. Además, a lo lejos, aunque sabe que es un espejismo, le parece ver la paz interior. En el fondo el gran reto es la búsqueda interior, el encontrarse a sí mismo a través de la pintura sin la necesidad de ir lejos, tan sólo caminando en derredor con los ojos bien abiertos y con un asombro inagotable ante el mundo siempre nuevo, cambiante. Y el caminar hace que en su intimidad fuese creándose un espacio diáfano… y andar le ayudaba a desprenderse de los pensamientos negativos y prepararse para la comunicación y le mantenía en una especie de duermevela en la que organizar las imágenes.

Es significativo que cuando Pedro Salaberri expone en la Casa de Cultura de Tafalla, en 1993, recupere la frase del pintor Max Ernst: Siempre traté de tener un ojo abierto a mi mundo interior mientras mantenía el otro abierto al mundo exterior. En efecto, así es. Como intuye el escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz, contemplar sus paisajes es tener la certeza de que se trata del reflejo de unos paisajes interiores. De una forma de reflejar algo que está más allá o más acá de un determinado lugar, del escenario ocasional de un momento pleno, intenso: la forma de percibirlo, de verlo, de habitarlo, de vivir con él, con su recuerdo. Así, los paisajes son otros tantos puntos de referencia para unos determinados estados del alma, para una forma muy personal, muy libre también, de mirar las cosas del mundo, las cosas de todos los días, las cosas que nos aguardan. Esa proximidad a lo cotidiano la percibía también José Carlos Vidal en su original Retrato a tinta china sobre el pintor: Por la casa se le cuela una dedicación habitual, una atención y un interés por los placeres cotidianos, el gusto por exprimir de cada día un sentido positivo de lo que pasa, la humildad suficiente para dedicar el tiempo a las cosas tocantes y sonantes que posee.

Adentrándonos en el apasionante territorio poético de quietud creado por nuestro pintor descubrimos que para nada intenta imitar la naturaleza, sino que, a base de impresiones y recuerdos, realiza un ejercicio de absorción de atmósferas y estructuras que luego recrea en los cuadros. Hablo de la naturaleza porque ésta es todo lo que tenemos o quizá porque me noto ser parte de ella, explica Salaberri. El caso es que el medio natural lo llevo dentro, y suelo pasear a través del paisaje. Muchas veces cuando te preguntas sobre la vida te das cuenta que lo que permanece es la naturaleza. Su comunión con lo natural nace en directo de los largos paseos por el monte en los que siente el eterno fluir de la naturaleza, tantas veces declarado por el pintor. Estamos sin duda ante una mirada caminante que busca la inspiración en el entorno cotidiano más próximo donde, como él mismo explica, a menudo la forma del cuadro se me hace patente mientras paseo. Porque siguiendo a Ignacio Aranaz, Salaberri es un pintor que necesita experimentar, vivir el paisaje de sus cuadros, que necesita hacer suyo el tema, verlo desde dentro componerlo, padecerlo, disfrutarlo, compartirlo, para luego llevarlo al lienzo. No es habitual pero a veces, siente la necesidad de representar los paisajes desde una escena interior habitada creando obras como Interior con flexo, flor y postales de Barcelona (2003). Necesito un espacio para recogerme en él a imaginar el universo, escribe para acompañar a la obra Cuarto de estar en Mutilnova (1996), o está bien tener una ventana, a través de ella, hacia el fondo, a veces se adivina un poco el futuro junto a Caravana en Las Landas, realizada el mismo año que la anterior.

En numerosas ocasiones Salaberri ha descrito su sintonía con el paisaje sereno que recoge la luz del día y tiene un perfecto entendimiento con el sol y la nube, como un convenio a perpetuidad que le sirve para dar un poco de humedad y calor a las hierbas que le van creciendo. La luz está presente en sus imágenes con un protagonismo siempre matizado. Para Javier Rubio Nomblot, Salaberri “es un mago de la luz, retratista sólo de la luz. Por encima de las formas, que son siempre abocetadas, simplificadas, despojadas de detalles, está la luz. Las formas, los paisajes, parecen meros soportes para esa luz, siempre diferente en cada uno de sus cuadros”.

La luz, que para Hegel, es como el cimiento del mundo material, el poder de ocupación espacial y la actualidad como posibilidad transparente, en Salaberri posee un carácter simbólico y mágico que modela las formas y las impregna de serenidad. Porque en el fondo habita los lugares con tal intensidad que el pintor aspira las esencias y atmósferas que luego traslada a sus lienzos: Estoy mirando como se va la luz, apunta el pintor, hasta que llegue la noche no quiero perderme ni uno solo de sus matices. Adolfo Castaño también habla de esa atención porque la mirada del pintor puede demorarse, y se demora, en la luz del sol que se extingue tras la montaña, en la luz eléctrica que se alumbra y se recoge en la habitación. Y no sé cuál de las dos luces resulta más verdadera para su vivir, pues si la primera le lleva a admirar la naturaleza, la segunda le lleva a vivir entre los hombres, a vivir como un hombre. Y una vez más el fiel seguidor de los pasos de Salaberri, Ignacio Aranaz, analiza la presencia de la luz en la obra del pintor: En sus cuadros está el color, que es tanto como la luz y que va cambiando en cada estación del año, en cada día, en cada hora; la luz que ilumina en un instante la visión de un lugar que hasta ese momento no se había revelado, la luz que va guiando al pintor, que le va diciendo dónde ha de detener la mirada.

Toda Navarra, sus cumbres, valles y tierras labradas, los Pirineos o las Bardenas, son los escenarios transitados por el pintor que confirman su afición montañera al tiempo que nutren su imaginación. En recuerdo de los Pirineos ha escrito: Necesito vivir en esa atmósfera inmaculada, donde el aire limpia todo de impurezas y el paisaje queda fríamente bello, inmaterial e hiriente, diáfano e inaccesible. En otro momento ha declarado: Periódicamente voy al río / hasta cerca de donde nace, / sumerjo allí los ojos en el agua / y dejo que arrastre / la costra que les va dejando la civilización. Y más adelante emite una sentencia sobre el mundo en que junto a otras personas le gusta vivir: A veces tenemos que salir de él para atender a nuestra supervivencia y algunos notan que estamos en el exilio.

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Dentro de la deriva personal de Salaberri por el paisaje una particularidad muy destacada es el desarrollo del paisaje urbano y en concreto de las amplias series dedicadas a la ciudad de Pamplona: El espacio en que vivo, donde están los seres queridos, los amigos, donde sabes que existes porque otros te conocen, y el espacio además contrapuesto a lo natural. En 1979 Pedro Manterola situaba tres años antes la presencia definitiva de la ciudad en la obra de Salaberri y explicaba cómo la ciudad y el campo entablan, en los cuadros del pintor, un debate sobre reglas convenidas a través del cual va madurando la personalidad del artista, porque la madurez se consigue conforme somos capaces de identificar y asumir las propias limitaciones. Sólo cuando las expectativas se concretan, el hombre es capaz de planear de manera eficiente su propia vida, y en el caso del artista, su obra crece libre y firmemente.

La ciudad en los cuadros de Salaberri, escribe Miguel Sánchez-Ostiz, se hace elemental… La ciudad, deshabitada, sin nada que sugiera el ruido, los pasos apresurados; esa ciudad, sus insólitas perspectivas, producto de mirar las cosas de otra forma, como un poeta, pierde sus perfiles más agresivos, su lado menos amable. Y así, esas calles vulgares se convierten en un espacio acogedor, en un espacio mental en el que poder vivir, en el que poder soñar. Es la suya una verdadera invención de la ciudad.

Desde sus primeras visiones urbanas ha dedicado numerosos lienzos a las ciudades. El mismo pintor confesaba una enorme fascinación por las ciudades al celebrar la exposición, titulada precisamente Ciudades, en la galería pamplonesa de Moisés Pérez de Albéniz en el año 2001. Afirmaba su interés por pasear por cada calle, cada plaza, notar su alegría, su intimidad o su abandono; ver cómo están hechas, cómo es la arquitectura que las ha ido conformando es un enorme placer y una forma de intimar con ellas. Son las ciudades ligadas emocionalmente a su biografía: Pamplona primero, luego Madrid, San Sebastián y Bilbao, o unidas a viajes particulares por Chicago, Sevilla, Valencia y París. Son los sitios adecuados para perderse entre sus arquitecturas, parques y avenidas y para descubrir cuáles son sus secretos mejor guardados. En definitiva, son los lugares donde es posible el hallazgo y la invención, el reposo y la partida. Pero todas estas ciudades, como escribió Gregorio Díaz de Ereño, a pesar de sus disparidad geográfica tienen algo en común: la conexión del artista con ellas. Y es que en estas obras Salaberri parece querer transmitir al espectador su interés por alcanzar la calma, una calma no forzada, ajena a cualquier atisbo de retórica.

Ante la ciudad Salaberri actúa igual que en el campo, camina y observa porque para él: Pasear tanto por la ciudad como fuera de ella, resulta una fuente inagotable de sugerencias y soluciones plásticas. Noto vivir a las personas con las que me cruzo y puedo ver los infinitos paisajes que crean una farola, un portal, una tienda. Javier Manzano, con motivo de su presentación en 2004 en Madrid, en la Galería Muelle 27, le describe como el peatón que pasea y mira hacia arriba y que como un escenógrafo, recrea los escenarios vividos, pinta los perfiles de los edificios que le interesan,.. y como ‘haikus’, sus cuadros son poemas precisos que nos trasladan, con muy pocas palabras, a un momento de emoción.

Los edificios se recortan y muestran sus siluetas con total armonía, mientras la atmósfera de silencio y el vacío recuerda la impronta metafísica de las escenas urbanas de De Chirico, también silenciosas y vacías. Porque ya en 1976 Salaberri escribió me paso la vida pintando el silencio y de eso se trata, de la mágica sensación que producen las imágenes al transmitir la calma de cada rincón amado. A 1982 pertenece la obra A cierta hora Pamplona es un talismán y dos años después escribía: Noto que Pamplona se ha convertido en un talismán y me pongo a recoger algunos colores que tiene la vida para disponer de ellos cuan sea preciso. No en vano la capital navarra ejerce una fuerte atracción sobre el pintor porque, como dice Ignacio Aranaz, estamos ante un pintor que lleva treinta años pintando su ciudad y que todavía no se ha cansado de mirarla y encontrarla hermosa, tan hermosa como para pintarla. Los cuadros de Salaberri, continúa Aranaz, huyen de la anécdota, de la literatura, de lo ocasional, para mostrar lo que en la ciudad, en el paisaje urbano, hay de más esencial, para desvelar su lado poético, para hacer sonar su cuerda más lírica. En ese estado latente, la ciudad de Pamplona aparece en silencio, ajena a los ruidos y a las prisas diarias.

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Otro de los temas de Salaberri es la figura y los retratos, aunque nunca se ha dedicado a pintar retratos porque lo que verdaderamente le interesa es hablar de algunas personas y tratar de reflejar plásticamente sus características fundamentales, fijar con la forma y el color su alegría, su dinamismo o su tristeza sin preocuparme de cómo son los ojos, la boca o las manos. Su esposa Mari Carmen, sus hijos, Andrés y Pablo, y sus amigos son sus modelos ejemplares. Hace muy poco, en 2005, reunió en una exposición los retratos de la Gente del Teatro que, como no podía ser de otro modo, ocupó el vestíbulo del histórico Teatro Gayarre de Pamplona. Según intuyó el excelente fotógrafo navarro Carlos Cánovas, quien mejor ha retratado al pintor entre las paredes de su estudio en el año 2000, los retratos de Salaberri están determinados por personajes a los que conoce bien, que han hecho junto a él alguno o muchos tramos de la vida, pero que han recalado en sus ojos en un momento dado, como la esquina cálida de una fachada con sol del atardecer, como la suavidad verde de una ladera radiante con la luz de la mañana. Además sus retratos demuestran una gran sencillez: Salaberri mira sus rostros con la transparencia que proporciona una mirada que parece tener sólo dos dimensiones, explica Cánovas, el largo de la luz y el ancho del color… el volumen, la otra dimensión, está puesta por el afecto, por la doble relación sentimental con el motivo y con el cuadro.

Pedro Salaberri pertenece a un grupo de creadores que, como bien reconoce Alicia Ezker, son de ese tipo de personas tranquilas y serenas pero llenas de inquietudes, que caminan con paso decidido recorriendo lugares ya conocidos, paisajes ya pintados, con la firme convicción de que la mirada, que nunca es la misma, es la que hace que cada momento sea único, cada paisaje irrepetible y cada sensación imposible de copiar. Y si bien existen temas comunes en su obra, que podrían conducirnos a juzgar erróneamente su trabajo, a pensar en unos resultados previsibles, la variedad de imágenes producidas reflejan un universo fértil, inagotable. Un universo silencioso, tal y como lo interpreta Juan Manuel Bonet, en el que todo, paisajes, figuras, bodegones, está reducido a un sencillo sistema de planos, y en el que reina un clima de misterio, de enigma, que ya sus primeros glosadores relacionaron con la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y compañía. Con el nabi frío y sensible Félix Vallotton y con el raro Alex Katz lo emparenta Bonet. Con los japoneses u otros solitarios que, como él, vivieron en la periferia de los grandes movimientos modernos. Con el primer Vuillard, el Luis Fernández de los horizontes marinos, el Cristóbal Ruiz, aquel andaluz que además de retratar inmejorablemente a Antonio Machado –un poeta que me imagino muy del gusto de Salaberri–, pintaba paisajes serenos, transparentes, silenciosos, concluye Bonet.

En efecto, existen esas conexiones a pesar de las cuales se reconoce un estilo personal. Y no es otro el tono que distingue su trabajo como una voz esencial de gozosa afirmación de un espacio solitario y sensible. En 1990 quien escribe este texto comentaba al ver las imágenes expuestas en la galería vitoriana de Lourdes Ugarabe, la presencia de una sensibilidad extrema, en sintonía con el exterior y armonía con el interior de uno mismo. Dispuesto a captar atmósferas etéreas, a rescatar el silencio sumido en la quietud natural, Pedro Salaberri aspira los colores de las emociones que le proporciona la naturaleza y la luz que se filtra de un modo tenue a través de la epidermis natural.

Las pinturas de Salaberri recogen su experiencia personal de la realidad. Soy un poco intuitivo, declara el pintor. A veces voy buscando cosas concretas y me encuentro otras, y otras veces voy buscando algo y lo encuentro… Yo me dejo llevar. Vivo mucho los ciclos naturales, miro el paisaje y la luz que hay fuera se me mete dentro y luego sale… Me motiva el paisaje y su intensidad… Además, me interesa la atmósfera que tienen las cosas. De repente se crea un clima, de calor, de color, de recogimiento… y eso es lo que intento reflejar. Los detalles no me importan mucho, lo principal es la sensación que hay en un lugar. Aquello que me emociona es lo que quiero pintar. Así, sus imágenes poseen un sentimiento común de complicidad y entendimiento del artista con el motivo. Como apunta Xabier Sáenz de Gorbea, Salaberri percibe en el entorno una red de planos que le sirven para conducir la mirada de la proximidad a la lejanía. Con no poca complacencia, se deja llevar por la bondad del espíritu para encontrar siempre la luz y el color exacto. Es una síntesis emocional que habla de sensaciones tranquilas, reposadas, solitarias. Y haciendo simple lo más difícil, esto es, logrando la síntesis de lo representado consigue que sus imágenes enuncien el misterio y la magia del acto creativo.

Para quien la pintura es un motivo de reflexión y una forma de interrogarse sobre su situación en el mundo, también lo es para el desarrollo de una importante actividad colaboradora con artistas, escritores, arquitectos y compañeros de otros campos. Salaberri ha colaborado en prensa, escribe textos sobre su pintura y sobre otros artistas como Jesús Basiano y Mariano Royo, de quien comisarió su exposición, así como también organizó la revisión de la Escuela de Pamplona (1995) celebrada en el Museo Gustavo de Maeztu de Estella y en el Planetario de Pamplona. Además, ha ilustrado revistas como Pasajes y libros, entre otros, Mundinovi y la Gazeta de pasos perdidos de Miguel Sánchez-Ostiz o El Pamplonario de Ignacio Aranaz. Entre las numerosas colaboraciones con arquitectos destacan: el gran mural cerámico en gres para las piscinas de Ansoain, el friso de diecisiete cuadros para la sala de bodas de la nueva Audiencia y el bajorrelieve exterior de Civican, ambas en Pamplona. En cuanto a la extensa lista de escenografías que Salaberri ha realizado para óperas y obras teatrales se encuentran: Los cuernos de Don Friolera de Valle Inclán, Cosi fan tutte de Mozart, Sabina de Chris Dolan o La extraña pareja de Neil Simon, por citar algunos de los ejemplos más relevantes.

Este extenso repaso de la obra de Pedro Salaberri, articulado por las palabras del propio artista y por los testimonios más agudos de sus intérpretes, describe las pautas de una fructífera trayectoria cuya mejor aportación es: la firme convicción en la pintura, sin renunciar a ninguno de sus principios; y la formulación de un territorio poético de quietud y silencio ligado a las emociones. El recorrido refleja un continuo desarrollo de la experiencia y el conocimiento hacia lo esencial de la belleza, motivado por un espíritu inquieto, observador del mundo y cómplice de la vida.