PEDRO SALABERRI O LA SENCILLEZ


Pedro Salaberri es un gran pintor secreto, que lleva más de veinte años definiendo, con una coherencia poco frecuente en una escena artística movediza como es la española, y sin las prisas que atenazan a tantos, su propio espacio. Han pasado más de tres lustros desde su primera aparición individual en Madrid, que se celebró en Amadís, y en cuyo catálogo incluía, además de la nota biográfica de rigor, una frase que sigue siendo válida para definir su trabajo de ahora mismo: “en el eterno fluir de la Naturaleza”.

A diferencia de lo que sucede con muchos artistas, que para encontrarse a sí mismos tienen que escapar lejos, lo más lejos posible de su tierra natal y de su circunstancia, Salaberri encuentra su alimento espiritual cerca. Conozco pocos casos en que resulta tan relacionable la vida de un artista, con su obra. Una vida en provincias, una obra que habla de la provincia, pero trascendiendo lo que ésta tiene de marco estrecho y tantas veces negro, consiguiendo el cotidiano milagro de elevarse, de trasladarse a un mundo construido por uno mismo, un mundo respirable, de una enorme pureza.

“En gran parte de los casos, la forma del cuadro se me hace patente paseando”, ha escrito en una ocasión Salaberri. Su pintura es, efectivamente, consecuencia directa de su frecuentar ciertos ámbitos, de su condición de peatón (Fargue, Le pieton de París), de paseante solitario. Una exposición como la que motiva estas líneas nos permite comprobar que sus dos fuentes de inspiración principales, por no decir únicas, siguen siendo el paisaje de Navarra, y el de su capital, Pamplona.

Pamplona, para Salaberri, que nació en ella, es un escenario casi tan despejado y vacío como lo era Ferrara para los pintores metafísicos. Ha pintado alguna vez la muralla, la ciudad vieja —en cuyo dédalo está la calle Zapatería, donde tiene el estudio-, los parques. Ha pintado, sobre todo, la ciudad del ensanche, construida a lo largo de este siglo por una serie de arquitectos entre los que destaca Víctor Eusa. Avenida de la Baja Navarra, Avenida de San Ignacio, Calle Tafalla, rezan los títulos de los cuadros urbanos incluidos en la presente exposición. En ellos poseen gran protagonismo las cornisas, los torreones, y también el cielo, que en algunos casos ocupa buena parte de la superficie. Los edificios son generalmente reducidos a bloques macizos, de los que como por arte de magia han desaparecido las ventanas. Las montañas aparecen al fondo, como oscuro telón de fondo; cierran el horizonte, pero también lo abren, porque son como un símbolo de una aspiración a lo mejor, a lo más alto. Las horas preferidas del pintor son, según podemos deducirlo de su obra, las horas en que las sombras se recortan con mayor nitidez: las primeras de la mañana, en que la ciudad tiene algo de estreno, y el crepúsculo, la hora chiriquiana por excelencia. Que la Pamplona que pinta Salaberri es una ciudad un poco irreal lo viene a subrayar el que no haya en ella transeúntes, ni nada móvil. Es significativo el titulo mismo de una de las series aquí incluidas: La ciudad megalítica. Otro título anterior, e igualmente significativo, nos hablaba de la Ciudad luz: al margen de la posible referencia irónica a la Ville lumiére, se trataba efectivamente de la ciudad, contemplada desde su alfoz, de la ciudad, recortándose sobre la oscuridad de las montañas, sobre la claridad del cielo, como conjunto de volúmenes que recogen la ultima luz del día. A cierta hora de la tarde —reza un título suyo, de 1984—, Pamplona es un talismán.

En algunas de sus viñetas a línea para Mundinovi de Miguel Sánchez Ostiz, Salaberri ha fijado otros tantos aspectos de la vida urbana: el Palacio de los Reyes de Navarra, dos o tres cafés, una taberna, las “torres toscanas” de San Nicolás y de San Cernin… Otras de las viñetas, y la cubierta, que tiene algo de estampa japonesa, definen un interior, poblado de totems, de tallas medievales, de cajas y antifaces, de cuadros y fotografías, de libros. Más los paisajes soñados: villas de la Costa Azul, naufragios, un puerto…

Si Pamplona ha dado origen a algunos de sus cuadros más enigmáticos, proporcionalmente es mayor el lugar que ocupan dentro de la producción de Salaberri las vistas de la provincia. Muchos de los días del año los pasa recorriendo ésta, con los ojos bien abiertos, con el alma dispuesta a la contemplación. Le atraen sobremanera las cumbres y los valles del Pirineo, pero tampoco desdeña los paisajes más amables de la Navarra media y ribera, de los que en la presente exposición encontramos ejemplos hermosísimos en la serie De la tierra llana. Una de sus zonas preferidas son Las Bardenas, tristemente célebres por razones que no tienen nada que ver con la vida.

Gran parte de los lienzos pirenáicos nos muestran lugares nevados, vacíos, silenciosos, extremos, sobre los que espejea la luz blanca. “Necesito vivir —ha escrito el pintor— en esta atmósfera inmaculada, donde el aire limpia todo de impurezas y el paisaje queda fríamente bello, inmaterial e hiriente, diáfano e inaccesible”. En La piedra (1986), uno de sus cuadros más serenos y a la vez más inquietantes, se fue a fijar en una enorme roca entre la nieve. De una gran belleza es también otra serie, inspirada en ríos, y titulada De la orilla clara. Luego están estas visiones de ahora mismo, de la Navarra más abierta: paisajes agrestes, contrapuestos a otros feraces y cultivados, geométricamente repartidos, y encima de ellos cielos claros, recorridos por alguna nube solitaria y precisa —también a veces cielos encapotados, amenazantes—. Todas estas series nos permiten entender la distancia que separa a Salaberri de un paisajista convencional. Hay en Salaberri una adecuación entre el qué y el cómo, que no se da en quien recurre a un idioma gastado. Alma limpia, mirada limpia, pintura limpia. Máxima síntesis. Quietud, silencio, misterio claro de su pintura, en la que tanta importancia como la tierra tiene el cielo, y en la que, a la postre, lo principal es la luz.

Un rasgo que distingue a Salaberri es que no se trata de alguien para quien la pintura esté reñida con otras actividades. Ya he mencionado su colaboración con un escritor que es como él un peatón de Pamplona. Hay que recordar también sus propios escritos. Cuando se acerca, en un largo texto, a la pintura del paisajista Jesús Basiano, indaga en el pasado de Navarra, pero también está escribiendo un texto que tiene algo de autorretrato. “Fue un pintor —escribe— que de pie miraba hacia adelante y con lo que veía realizó toda su obra”. Fue —había escrito unas páginas antes— “un descubridor de maravillas (…) Pintar era el pretexto para vivir con intensidad y hacer un cuadro era un ejercicio espiritual y físico al mismo tiempo”. Y también: “Construye el mundo en que quiere vivir”, frase que nos recuerda otra, también de Salaberri, sobre su propia pintura, y en la que habla de “el escenario donde nos movemos o para ser más exacto ese escenario más o menos depurado que yo organizo para poder irme a él a notar que formo parte del universo”. También deben ser leídas como autorretratos las notas, breves pero enjundiosas, que ha escrito para algunos de sus propios catálogos. Y no hay que olvidar sus artículos de prensa. Cuan-do se sitúa ante los paisajes interiores y simbolistas de Diego Moya —en las antípodas de su sensibilidad- y sabe encontrar las palabras justas para decir por qué le emocionan, demuestra ser alguien sin anteojeras.

Hacia finales de los sesenta, Pedro Salaberri formó parte de lo que Moreno Galván, en uno de sus leidísimos artículos de Triunfo, aparecido en 1970, bautizó como “la escuela de Pamplona”. Como los demás pintores ahí agrupados, practicaba en-tonces un realismo cargado de intencionalidad social, y deudor en cierta medida del pop art.

“Transcribe con sencillez —escribía el crítico— el paso sencillo de la vida por los hombres”. Los años siguientes le llevaron a Salaberri hacia su personal espacio de silencio y pureza, hacia su personal interrogación sobre los misterios del mundo. Su realismo se hizo, por decirlo de alguna manera, más metafísico. En lo formal, sin embargo, poco tiene en común su pintura con la de Giorgio de Chirico. La organización extremadamente sencilla —a veces, casi geométrica— de los lienzos de Salaberri, su pincelada prieta y metódica, su modo de reducir el paisaje a planos y la luz a color, su manera de recortar nítidamente los perfiles de las cosas, ya sean una montaña o un árbol rojo, unas aguas cristalinas o una nube, poco tienen que ver con lo que se pinta, con lo que se “lleva” hoy. Puestos a buscarle predecesores, habría que ir, como me lo sugería hace poco Sánchez-Ostiz, hacia los japoneses. O hacia otros solitarios como él, algunos de los cuales vivieron en la periferia de los grandes movimientos modernos. Pienso por ejemplo en el primer Vuillard, en Vallotton, en el Luis Fernández de los horizontes marinos, en Ormaolea, en Alex Katz, en Cristóbal Ruiz, aquel andaluz que además de retratar inmejorablemente a Antonio Machado —un poeta que me imagino muy del gusto de Salaberri—, pintaba paisajes serenos, transparentes, silenciosos.

Moreno Galván, paisano de Antonio Machado, encontró, sí, hace ya veinte años, las palabras justas para hablar de Salaberri: la sencillez, el paso sencillo de la vida. La sencillez, difícil conquista.